Columna: Machincuepas
Por: Rosario Segura
Hablar de educación siempre suena bien y si para prepararse va de por medio una beca, suena mucho mejor. Nadie se pelea con una beca, y menos cuando viene acompañada de números grandes, redondos y bien acomodados.
Para este año 2026, el Instituto de Becas y Crédito Educativo del Estado anuncia un presupuesto de mil millones de pesos y la promesa de apoyar a 44 mil estudiantes de universidades públicas. La cifra impresiona, se aplaude… y claro, se anota.
El director del Instituto, Abraham Sierra, en su visita a los venenosos Cancunes, ha sido claro en el discurso: la meta es llegar a todos los estudiantes de universidades públicas. Nada mal como objetivo institucional… y tampoco como mensaje político. Porque seamos honestos: Cada anuncio de apoyo social también funciona como tarjeta de presentación, y algunas se reparten pensando más en el mañana que en el presente.
Las becas, que van de 2 mil 500 a 10 mil pesos, pueden parecer modestas si se ven desde un escritorio con aire acondicionado, pero para muchos jóvenes son la diferencia entre seguir estudiando o quedarse viendo pasar el camión de la vida. Aquí no se trata de lujos ni de discursos motivacionales, se trata de pagar copias, transporte, comida y, con suerte, no abandonar la carrera a mitad del semestre.
En cuanto al crédito educativo, ese que suele provocar más nervios que entusiasmo, la historia se cuenta con un tono más amable. Está pensado principalmente para estudiantes foráneos, esos que además de estudiar tienen que sobrevivir lejos de casa. El pago del crédito, se hace hasta terminar la carrera, con facilidades y tasas de interés bajas. Incluso hay premio al esfuerzo: con promedio de 80 los intereses casi no se sienten, y mientras mejor estudiante seas, menos te cobran. Echarle ganas y compromiso también sale barato.
En papel, todo suena correcto. Bastante correcto, diría yo. Tal vez demasiado. Porque el verdadero reto no está en la conferencia de prensa ni en el boletín bien redactado, sino en la ejecución: que las becas lleguen a tiempo, que los trámites no se conviertan en deporte extremo y, sobre todo, que el apoyo no se quede solo entre quienes saben moverse mejor en los pasillos de la burocracia.
Y claro, tampoco se puede ignorar el contexto. Cuando un funcionario empieza a figurar, a dar entrevistas, a encabezar programas con alto impacto social y a aparecer más seguido en la foto, es inevitable que los mal pensados se pregunten y pregunten sobre aspiraciones futuras. No es pecado querer crecer políticamente; lo cuestionable sería usar las becas como trampolín personal.
Al final, lo importante no es quién capitaliza el anuncio ni quién se lleva los reflectores, sino que el dinero llegue a los estudiantes, sin colores, sin discursos y sin campañas disfrazadas. Porque apoyar la educación no debería ser una estrategia electoral, sino una obligación permanente del Estado.
Si las becas cumplen, bienvenidas. Pero si además empiezan a aparecer en el currículum político de alguien, ahí sí habrá que mirar con lupa. En Sonora ya aprendimos que las buenas intenciones, cuando vienen con presupuesto público, también deben rendir cuentas.

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