Mesa Cancún

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Entre la reestructura y la sobrevivencia: el PRI sonorense rumbo a 2027

Columna: Machincuepas

Por Rosario Segura

En política, las palabras pesan, pero los contextos pesan más. Y cuando un partido como el PRI en Sonora habla de “reestructuración”, “militancia” y “recta final”, vale la pena detenerse a leer entre líneas. No porque el discurso sea nuevo, sino porque el momento lo es. Nunca antes el tricolor había enfrentado una coyuntura tan delicada como la que viene arrastrando desde hace varias elecciones.

La presidenta estatal del PRI, Guadalupe Soto Holguín, señaló ante el colectivo de la mesa Cancún, que el partido se encuentra prácticamente en la recta final de la reestructuración de los comités municipales, con la vista puesta en las elecciones de 2027. El mensaje busca transmitir orden, rumbo y, sobre todo, futuro. Pero la pregunta inevitable es si esta reorganización responde a una estrategia de fortalecimiento real o a un intento por evitar un mayor debilitamiento.

Soto Holguín ha subrayado que será la militancia la que tenga la última palabra al momento de definir las candidaturas para los distintos cargos de elección popular. (Los crótalos de las víboras integrantes del colectivo sonaron más fuerte) Porque dicho así, el planteamiento suena a una ruptura con el pasado, a un PRI que aprende de sus errores y apuesta por la participación de su base. Sin embargo, en un partido con una larga historia de decisiones cupulares, el reto no está en decirlo, sino en demostrarlo.

Desde su llegada a la dirigencia estatal, la presidenta priista ha puesto en marcha la renovación de los 72 comités municipales en Sonora, con mucha esperanza y entusiasmo. A la fecha, presume avances importantes: alrededor de 50 comités ya renovados y al menos seis más que se sumarían en la región de la Sierra Alta, una zona históricamente compleja pero estratégica. El resto, asegura, ya está cabildeado y sólo falta cumplir con el protocolo de las tomas de protesta.

En términos operativos, el trabajo no es menor. Reactivar estructuras locales en un estado tan diverso y territorialmente extenso como Sonora implica tiempo, recursos y voluntad política. El problema es que la estructura, por sí sola, ya no garantiza resultados. El PRI lo sabe mejor que nadie: durante décadas fue la maquinaria electoral más eficaz del país, y aun así hoy enfrenta su peor crisis.

La dirigencia estatal también ha insistido en una política de inclusión y crecimiento del padrón. Se habla de alrededor de 8 mil afiliados en la entidad y de la expectativa de que esa cifra aumente como resultado del trabajo territorial que se está realizando. El dato busca mostrar vitalidad, pero también revela la dimensión del problema: en un estado con más de tres millones de habitantes, el margen de influencia real del partido se ha reducido de manera dramática.

El PRI en Sonora pasó de ser una fuerza hegemónica —capaz de ganar gubernaturas, congresos y alcaldías sin mayores sobresaltos— a un partido que hoy administra la resistencia. Ya no se piensa en arrasar en las urnas, sino en conservar espacios, en no desaparecer del radar político, en seguir siendo competitivo lo suficiente como para justificar su existencia.

La frase popular lo resume bien: el PRI ya no ve lo lleno, sino lo tupido. Y en Sonora, esa realidad es particularmente evidente. Elección tras elección, el partido ha ido perdiendo presencia, cuadros y credibilidad. Muchos de sus antiguos votantes migraron a otras opciones; otros, simplemente, dejaron de votar. El desgaste no fue casual ni repentino: fue el resultado de años de desconexión con la ciudadanía.

Por eso, cuando hoy se habla de que la militancia decidirá candidaturas, surgen dudas legítimas. ¿Está realmente empoderada la base priista en Sonora? ¿O se trata de una narrativa que busca maquillar prácticas que, en el fondo, no han cambiado del todo? La experiencia reciente invita a la cautela. Democratizar un partido no es un anuncio, es un proceso, y suele incomodar a quienes se beneficiaron del viejo modelo.

El riesgo que enfrenta el PRI no es retórico, es real. De continuar la tendencia a la baja, el partido podría incluso perder el registro en algunos espacios, lo que significaría no sólo un golpe administrativo, sino simbólico: el cierre de un ciclo histórico en la vida política del estado. Para un partido que gobernó Sonora durante décadas, ese escenario habría parecido impensable hace apenas unos años.

Guadalupe Soto Holguín enfrenta, en ese sentido, una de las tareas más complejas que puede asumir una dirigencia partidista: conducir un proceso de reconstrucción desde la debilidad. No se trata sólo de reorganizar comités o sumar afiliados, sino de redefinir el sentido mismo del PRI en un Sonora que ya no es el de antes, con una ciudadanía más informada, más crítica y menos dispuesta a otorgar cheques en blanco.

La reestructuración territorial puede ser un primer paso necesario, pero está lejos de ser suficiente. Sin una autocrítica clara, sin un deslinde creíble de los errores del pasado y sin una agenda que responda a los problemas reales del estado —seguridad, agua, desarrollo económico, desigualdad—, cualquier esfuerzo corre el riesgo de quedarse en la forma y no en el fondo.

En política, el tiempo es un recurso limitado. La dirigencia priista suele repetir que “todo puede suceder” y que será el tiempo el que juzgue. Es cierto. Pero también es cierto que el tiempo no espera, y que cuando las decisiones se postergan demasiado, la historia suele tomar decisiones por cuenta propia.

El PRI en Sonora se encuentra hoy en una encrucijada. Puede apostar por una transformación real, dolorosa pero necesaria, o puede conformarse con administrar su propia decadencia. La diferencia entre sobrevivir y desaparecer no la marcarán los discursos ni las cifras, sino la capacidad de entender que el poder ya no se hereda, se construye. Y que, a veces, para volver a empezar, primero hay que aceptar que ya no se es lo que se fue.

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